Tan frecuente es morir como vivir, pero en tiempos de pandemia se muere más veces. Dicen que quien no aprende a morir, no aprende a vivir y lo cierto es que nadie nos ha enseñado nada de esto. Ahora, además, hay condicionantes que mandan.

Ya sea en sentido literal o figurado, desde el primer caso COVID todos hemos iniciado procesos de duelo por distintas pérdidas, un familiar, un conocido o allegado, la pérdida de salud, de seguridad, de libertad, de condiciones laborales dignas, de  proyectos de vida anteriores, de relaciones afectivas, convivencias y de reencuentros familiares, el anhelo de viajar…y cada uno ha tenido que adaptarse a ese cambio elaborando esas tareas de manera autodidacta y proactiva, como Dios manda, y como manda Worden.

Dicen que el duelo termina cuando transcurre un año, cuando pasas el primer aniversario, las primeras navidades o cualquier fecha señalada con esa ausencia. Otros en cambio, se apresuran a incorporarse a su cotidianidad obviando lo acontecido, borrón y cuenta nueva, sin mirar directamente a los ojos de lo que ya no está porque no saben mirar sosteniendo la mirada.  Y aunque recurramos a pastillas para poder dormir, para el desánimo, la tristeza o la ansiedad, la evidencia empírica nos dice que no hay pastillas para el dolor. Que el tratamiento psicofarmacológico no mitiga el dolor de la pérdida, aunque sí pueda ser eficaz para la sintomatología asociada.

Y ya nada vuelve a ser igual, y nadie vuelve a ser el mismo. Y ahí andamos entre rotos y descosidos, entendiendo que además de la sobrecarga laboral y del cansancio físico, debemos mantenernos enteros también por dentro, aunque poco sepamos de duelos ni de emociones. Pero el duelo es un proceso, no una enfermedad, no es algo controlable, no se puede eliminar, ni tapar, ni medicalizar. En el duelo hay que dolerse, ha de haber una adaptación emocional que va a depender de nuestro bagaje personal. El significado de lo perdido y el camino de recomponerse es tan personal e intransferible como únicos somos cada uno de nosotros. No todo es racionalizar. Las emociones no se racionalizan, se sienten; son guías, no se pueden domesticar. Y si las obviamos, racionalizamos en exceso (como buen mecanismo de defensa que nos ayuda a evitar) o las bloqueamos, no entenderemos su mensaje y perderemos la máxima cualidad que nos dignifica como personas, la compasión y la capacidad de ponernos en el lugar de otro ser humano.

Y así andamos, acorazados, vaya a ser que nos rompamos y se nos cuele el dolor, la rabia o la tristeza.  No son las emociones en sí mismas las que nos perturban, sino el no saberlas interpretar. Y nos enfrentamos a las despedidas, a las pérdidas o a la necesidad de cambiar con resistencia que a la larga derivará en cuadros ansiosos, depresivos, bloqueos mentales, tristezas o culpabilidades. Caminamos, en definitiva, sin estar educados en la pedagogía del dolerse y de la muerte.

El tipo de muerte, la relación con la persona fallecida, lo que significa para nosotros, la imposibilidad de una despedida digna, etc. son factores predictores de complicaciones en el duelo. En esta pandemia hemos sido conscientes y seguimos siendo testigos de miles de partidas para las que el uniforme no protege, para las que quizás no estábamos preparados afrontar. Y en nuestra labor diaria, hablamos con la misma frecuencia de altas y pronósticos favorables, como un punto y seguido en la biografía de uno, y de puntos y finales, bien sea los finales de siempre, que por edad o deterioro sean esperables o de aquellos que nos sobrevienen sin permitirnos reaccionar, de manera súbita y fortuita. En todos los casos, esperables o sorpresivos, es importante darle un sentido a esta narrativa ya que siempre conllevará un dolor que manejar, una frustración con expectativas que reajustar o un vacío que  incorporar.  

Hemos perdido la inocencia de dejarnos vivir adquiriendo la responsabilidad de aprender a morir valorando la vida. Y prestar atención a cada detalle, como el acompañamiento, el contacto físico, la escucha o la conexión con las familias. Es importante visibilizar la labor del colectivo sanitario que sostiene con su trabajo el afrontamiento de la pandemia y que dignifica a la persona y al familiar que no superan una complicación, abanderando ese buen morir y previniendo de manera indirecta en los familiares la posibilidad de desarrollar duelos complicados. Es necesario tener en cuenta una nueva ergonomía en momentos actuales, dotando de herramientas psicoemocionales que nos posibiliten una actitud resiliente fundamentada en procesos, evidencias empíricas y humanización.

Por Araceli Ortega